La fiesta de anoche fue agitada, me levanté más tarde de lo usual porque la batería de mi reloj despertador falló y este no sonó. Me levanté molesta y un poco angustiada debido a que no tendré suficiente tiempo para bañarme y arreglarme como Dios manda. Me sentía incómoda, un poco sucia. Me pongo mi camisón de seda rosado preferido mientras sirvo mi desayuno, una copa de champagne. Antes de beber, tomé mi pequeño pastillero de oro con tapadera de marfil, el mismo que ha estado en mi familia por cuatro generaciones y que tiene un valor... bueno, no hay nada caro para mi. Saqué una pequeña pildora amarillenta y me la tomé con un sorbo de champagne.
¡Maldición! Debía darme prisa eran casí las ocho por Dios.
Me puse mi traje Issey Miyake azul marino de la temporada otoño-invierno pasada, no me sentía cómoda como para ponerme el de esta temporada. Tomé las llaves del Cadillac negro en el que se transportaba mi esposo, que en paz descanse, para ir a la fábrica. Bajé en el elevador hasta el sótano y manejé, como lo he hecho religiosamente cada sábado durante los últimos veinte años, a un pequeño pueblo en las afueras de la ciudad.
Llego a mi destino unos minutos tarde, la pequeña anciana me recibe un poco molesta y sobresaltada. Durante todos estos años ella es la única persona que permito que me levante la voz, ni siquiera mi marido, que en paz descanse, lo hacía, pero claro, mi vida depende de ella. Me apresura a entrar y como lo he hecho siempre, le entrego un rollo de billetes y luego tomo asiento en el pequeño comedor mientras ella prepara mi plato especial.
Mientras espero y siento los olores de aceite, verduras, especias y sangre que emanan de la cocina platico con la anciana sobre los temas de siempre. Hablamos sobre el clima, la contaminación, la juventud de hoy y sobre sucesos recientes como la trágica muerte del sobrino del Rey al caer de la cubierta de su lujoso yate en el puerto de Macao la semana pasada. Me imagino que estaba pasado de copas le dije a la anciana, a mi me contaron que había fumado bastante tar me contestó.
Me sirvió mi plato de siempre, la receta mágica: empanadas de harina a base de arroz rellenas de verduras frescas, papa y sangre de jóvenes vírgenes entre trece y quince años que según me contó la anciana son hijas de campesinos que quieren migrar a la ciudad pero no tienen dinero para pagar un apartamento y por eso venden a sus hijas. Mientras comía las empanadas se me vino a la mente esta historia y pienso en las noticias del tráfico de menores para negocios ilícitos como adpociones internacionales, prostitución y venta de órganos. ¿Quién sabe? Lo cierto es que este platillo que he desayunado todos los sábados desde que mi marido murió y las cirugías fallaron es el que me hace ver como la soltera más deseable de la región y la comidilla de rumores del jet set que se pregunta cuál es mi verdadera edad. Si les dijera que tengo cincuenta y cinco, se van de espaldas, me imagino que pasaría si les digo que realmente tengo setenta y cinco... ¿las pobres jóvenes vírgenes? ¡Bah! Lo que importa es como seré recordada... jóven y hermosa.
Al terminar le agradecí a la anciana y le di un beso en cada mejilla. Maneje con cuidado me advierte meneando su mano en señal de despedida. Gracias, no vaya a salir que parece que va llover fuerte le respondo mientras caminaba a mi auto bajo un aura de vitalidad y felicidad. A medio camino de regreso a la ciudad mi aura de felicidad va desapareciendo poco a poco a causa de la invasión de un frío sentimiento de soledad, un sentimiento que he llevado conmigo desde la adolescencia. Llego a mi hogar y me hago cargo de los preparativos para la fiesta que organizaré por la noche y pienso si esta vez tendré suerte. Las bebidas, las flores, los bocadillos y los invitados, todo está en orden. Solamente faltaría la guinda en el pastel... ella.
¿Será que hoy finalmente vendrá? Me humedezco solo de pensar en ella, con la que sueño todas las noches. Físicamente perfecta, una mujer de Vitruvio, fría y calculadora con todos menos conmigo. Mentalmente lanzo un anuncio por mi balcón esperando que ella lo encuentre y venga hacia mi.
Me gustaría conocer a una mujer para compañera de vida, que acepte mi alcoholismo y drogadicción (¿menciono mis desayunos sabatinos?) pero que también me acompañe a misa, que tenga buenos modales, le guste ir a desfiles de moda, que tenga las tetas más grandes que las mías o este dispuesta a operárselas y que sea higiénica, muy higiénica: uñas bien cortadas, dientes blancos, aliento fresco y bikini siempre depilado.
(Suspiro) Me sirvo una copa de champagne, me tomo una pastilla y me preparo, como todas las noches, para otra fiesta pensando en ella mientras me admiro en los espejos que rodean todas las paredes de mi hogar.
¡Maldición! Debía darme prisa eran casí las ocho por Dios.
Me puse mi traje Issey Miyake azul marino de la temporada otoño-invierno pasada, no me sentía cómoda como para ponerme el de esta temporada. Tomé las llaves del Cadillac negro en el que se transportaba mi esposo, que en paz descanse, para ir a la fábrica. Bajé en el elevador hasta el sótano y manejé, como lo he hecho religiosamente cada sábado durante los últimos veinte años, a un pequeño pueblo en las afueras de la ciudad.
Llego a mi destino unos minutos tarde, la pequeña anciana me recibe un poco molesta y sobresaltada. Durante todos estos años ella es la única persona que permito que me levante la voz, ni siquiera mi marido, que en paz descanse, lo hacía, pero claro, mi vida depende de ella. Me apresura a entrar y como lo he hecho siempre, le entrego un rollo de billetes y luego tomo asiento en el pequeño comedor mientras ella prepara mi plato especial.
Mientras espero y siento los olores de aceite, verduras, especias y sangre que emanan de la cocina platico con la anciana sobre los temas de siempre. Hablamos sobre el clima, la contaminación, la juventud de hoy y sobre sucesos recientes como la trágica muerte del sobrino del Rey al caer de la cubierta de su lujoso yate en el puerto de Macao la semana pasada. Me imagino que estaba pasado de copas le dije a la anciana, a mi me contaron que había fumado bastante tar me contestó.
Me sirvió mi plato de siempre, la receta mágica: empanadas de harina a base de arroz rellenas de verduras frescas, papa y sangre de jóvenes vírgenes entre trece y quince años que según me contó la anciana son hijas de campesinos que quieren migrar a la ciudad pero no tienen dinero para pagar un apartamento y por eso venden a sus hijas. Mientras comía las empanadas se me vino a la mente esta historia y pienso en las noticias del tráfico de menores para negocios ilícitos como adpociones internacionales, prostitución y venta de órganos. ¿Quién sabe? Lo cierto es que este platillo que he desayunado todos los sábados desde que mi marido murió y las cirugías fallaron es el que me hace ver como la soltera más deseable de la región y la comidilla de rumores del jet set que se pregunta cuál es mi verdadera edad. Si les dijera que tengo cincuenta y cinco, se van de espaldas, me imagino que pasaría si les digo que realmente tengo setenta y cinco... ¿las pobres jóvenes vírgenes? ¡Bah! Lo que importa es como seré recordada... jóven y hermosa.
Al terminar le agradecí a la anciana y le di un beso en cada mejilla. Maneje con cuidado me advierte meneando su mano en señal de despedida. Gracias, no vaya a salir que parece que va llover fuerte le respondo mientras caminaba a mi auto bajo un aura de vitalidad y felicidad. A medio camino de regreso a la ciudad mi aura de felicidad va desapareciendo poco a poco a causa de la invasión de un frío sentimiento de soledad, un sentimiento que he llevado conmigo desde la adolescencia. Llego a mi hogar y me hago cargo de los preparativos para la fiesta que organizaré por la noche y pienso si esta vez tendré suerte. Las bebidas, las flores, los bocadillos y los invitados, todo está en orden. Solamente faltaría la guinda en el pastel... ella.
¿Será que hoy finalmente vendrá? Me humedezco solo de pensar en ella, con la que sueño todas las noches. Físicamente perfecta, una mujer de Vitruvio, fría y calculadora con todos menos conmigo. Mentalmente lanzo un anuncio por mi balcón esperando que ella lo encuentre y venga hacia mi.
Me gustaría conocer a una mujer para compañera de vida, que acepte mi alcoholismo y drogadicción (¿menciono mis desayunos sabatinos?) pero que también me acompañe a misa, que tenga buenos modales, le guste ir a desfiles de moda, que tenga las tetas más grandes que las mías o este dispuesta a operárselas y que sea higiénica, muy higiénica: uñas bien cortadas, dientes blancos, aliento fresco y bikini siempre depilado.
(Suspiro) Me sirvo una copa de champagne, me tomo una pastilla y me preparo, como todas las noches, para otra fiesta pensando en ella mientras me admiro en los espejos que rodean todas las paredes de mi hogar.

